Todo comenzó ese día en el que, sin importarme nada, salí para comenzar a correr. Esa fue la primera de muchas victorias, ese día no se pegaron las sábanas. Me paré frente al espejo con la convicción de que podía hacerlo, ese día y no otro, vencí la primera de las barreras. Al volver de correr unos kilómetros, llegué a casa, me bebí un vaso de agua y la sonrisa típica de los logros alcanzados comenzó a dibujarse en mi cara.
Sólo hizo falta ese día para que luego vinieran una serie de metas, una detrás de otras: hoy correré 5 minutos más, un kilómetro más, bajaré mi tiempo. Cada día fue un paso adelante por conseguir el más preciado de los logros: sentirme bien conmigo misma.
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